
La niña, aún descalza permanece frente a la ventana. Sus elásticos brazos intentan atrapar la estrella más luminosa. Los nubarrones que bailan de un lado a otro se la ocultan, juegan con la luz y vuelve la oscuridad. La noche da paso a un amanecer que tarda en llegar. Late el corazón de la niña, fuerte, cada vez más fuerte y ese tic tac de su pecho aleja la esperanza de un mañana mejor.
Los brazos de la niña se alargan y se encogen, al ritmo de sus gemidos. Se duerme y espera el nuevo amanecer.
Parece que sus brazos no bastan para alcanzar la estrella. Necesita un abrazo fuerte, una mano sobre su espalda que la impulse, que de tibieza a su piel helada.
La estrella sigue titilando cada vez más lejos. La niña se envuelve en su cobija de recuerdos y sigue soñando con unos brazos tan, tan largos que le permitan alcanzar la belleza y la fuerza que emanan del firmamento, de Dios.